Un Objetivo Cultura para 2030: lo que este informe significa para la mediación artística

El Ministerio de Cultura ha publicado «Hacia un Objetivo Cultura en la agenda post-2030», un informe elaborado por Alfons Martinell Sempere, con la coordinación de Lucía Vázquez García y la contribución de un equipo de especialistas (Jordi Baltá Portolés, Jorge Fernández León, Marta García Haro, Jordi Pascual Ruiz y Jesús Prieto de Pedro). Su objetivo es aportar argumentos para la posición que España defenderá en las negociaciones, ya en marcha, sobre la incorporación de un Objetivo Cultura específico en la agenda que sucederá a la Agenda 2030 de Naciones Unidas.

Una ausencia histórica

El informe recuerda algo que conviene tener presente: pese a décadas de esfuerzos —desde las conferencias de la UNESCO en los años 60 y 70, pasando por Mondiacult México 1982, hasta la campaña «El futuro que queremos incluye a la cultura» (2013-2015)— la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible se aprobaron sin un objetivo propio para la cultura. Quedó como eje transversal, mencionada solo de forma puntual en algunas metas. Un punto de inflexión llegó en 2022, con la declaración de Mondiacult en México: por primera vez, los Estados reconocieron la cultura como «bien público mundial» y pidieron su integración como objetivo específico en la próxima agenda. Ese es el proceso en el que se inscribe este informe, en la recta final antes de 2030.

Por qué importa para la mediación artística

Más allá del debate diplomático, el capítulo 3 del informe —dedicado a los conceptos que debería incorporar un futuro Objetivo Cultura— toca de lleno cuestiones centrales para quienes trabajamos en mediación artística:

  • El derecho de toda persona a participar en la vida cultural, con garantías y respeto a la libertad cultural, entendido como parte indivisible de los derechos humanos.
  • El derecho a disfrutar de la cultura en igualdad, sin discriminación, con atención explícita a grupos en situación de vulnerabilidad y desigualdad.
  • La necesidad de crear condiciones para la participación cultural y eliminar barreras, incluidas las que enfrentan las poblaciones migrantes.
  • El fomento de la expresividad y la creación artística, garantizando la libertad individual y colectiva de creación y la igualdad de oportunidades para las minorías.
  • El vínculo entre vida cultural y vida educativa como vía para el desarrollo humano.
  • La equidad territorial, que reconoce el derecho a la cultura con independencia del lugar de residencia —una cuestión especialmente relevante para quienes trabajamos también fuera de los grandes centros urbanos.

Cada uno de estos puntos no aparece como una intuición del sector, sino respaldado por normativa internacional, europea y española: desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos hasta la Constitución española, pasando por la Convención de la UNESCO de 2005 sobre diversidad de las expresiones culturales.

Una llamada a la posición común

El informe cierra con una batería de argumentos y estrategias para que España asuma un compromiso firme, y con un recordatorio que vale la pena subrayar: los contenidos que podrían dar forma a este Objetivo Cultura no son una novedad conceptual, sino la consolidación de décadas de práctica y reflexión —la misma que, desde ámbitos como el nuestro, llevamos tiempo defendiendo sobre el terreno. Que estas ideas empiecen a tener respaldo en el máximo nivel de la política internacional es, cuando menos, una buena noticia para el campo.

El documento completo aqui:

Reseña: Cultura Ingobernable, de la cultura como escenario de radicalización democrática y de las políticas que lo fomentan de Jazmín Beirak

«Las vivencias culturales ensanchan nuestros márgenes de posibilidad de habitar y transformar el mundo colectivamente.»

El libro Cultura Ingobernable de Jazmín Beirak se ha convertido para mí en una obra de consulta constante, una especie de brújula que recurro cada vez que necesito pensar sobre el campo cultural y político.

El trabajo que desarrolla Beirak es sumamente interesante, pues plantea la cultura como algo ingobernable, escurridizo y polisémico. A través de una variedad de argumentos, instala la necesidad de que las políticas públicas en torno al arte y la cultura sean cada vez más porosas, flexibles e interdisciplinares. Y la importancia de las luchas sociales, las expresiones culturales de los pueblos y en especial de los movimientos feministas y ecologistas para nuestro buen vivir y convivir en el capitalismo contemporáneo.

La lectura es ágil, y al mismo tiempo profunda. Sus palabras nos ayudan a comprender la complejidad del presente en relación con la cultura y la política. Nos invita a quitarnos la venda de una mirada ingenua que idealiza la cultura como algo “maravilloso” por sí mismo. Beirak nos explica el origen del concepto, sus trayectos entre la alta y baja cultura, la cultura de masas, para finalmente abrir nuestra comprensión y hacernos ver la enorme potencia que encierra como herramienta de cohesión social. Una herramienta, eso sí, cuyos efectos no son plenamente controlables: las producciones culturales generan nuevos significados dependiendo del contexto, de las apropiaciones, de los movimientos sociales que las activan. Son fugas, dice, que permiten reapropiaciones emancipadoras . “La cultura es paradojal: según su uso, puede dar cuenta de una realidad compleja o aplanarla.”

En el apartado “Mediaciones y comuniones”, Beirak sostiene que para relacionarnos con el mundo necesitamos alguna forma de mediación, de conjurar la realidad a través de experiencias simbólicas. La importancia de esto radica en que es precisamente ahí donde se expresa una democracia real: sin mediaciones, nuestra comprensión del mundo se reduce. Este punto lo ilustra muy bien cuando cita al antropólogo Arjun Appadurai, quien habla del papel central de la imaginación.

La imaginación, dice, es el lugar donde el capitalismo ejerce su disciplinamiento. Por eso, se vuelve urgente que emerjan nuevos patrones colectivos de disenso y cuestionamiento a través de los imaginarios. Es ahí donde reside también la posibilidad de transformación.

En definitiva, Cultura Ingobernable no solo ofrece herramientas conceptuales para pensar la cultura desde un lugar más crítico y complejo, sino que también nos invita a asumir la responsabilidad de cuidarla, tensionarla y expandirla. Nos recuerda que, lejos de ser un adorno o un bien accesorio, la cultura es un campo de disputa simbólica donde se juegan posibilidades reales de transformación social, con un lenguaje cercano y honesto que alienta.

Autora: Adriana Castro Hunt